La reforma del mercado laboral

Todos los medios se hacen eco de la reciente reforma laboral acometida por el actual Gobierno.  Desde el pasado viernes, no se habla de otra cosa en televisiones, tertulias y medios de comunicación.  La verdad, es que no es para menos.

Al parecer  este asunto, de trascendental importancia e incidencia en la salida de la tan cacareada crisis económica y financiera, que sufre Europa y con mayor dureza  España.

Existe como en todos los ámbitos de la vida, una historia que justifica la razón de ser de las leyes y normativas que rigen la vida en sociedad, la vida y el mercado laboral, no está exenta de historia.

Desde el comienzo de la era moderna, con el desarrollo de la tecnología, allá por finales del siglo XIX,  los poderosos abusaron de tal manera de la masa obrera, que ésta hubo de organizarse y defender los más mínimos derechos.  Es así como nacen las organizaciones sindicales.  Organizaciones libres que defendían los intereses de los trabajadores frente a los abusos de los patrones.

Durante el siglo XX y tras dos guerras mundiales, la organización del trabajo ha pasado por múltiples y variados cambios, no solamente en las relaciones trabajador, patrón, sino en la psicología de las relaciones laborales y los beneficios que supone para ambos, el buen ambiente laboral y su incidencia en la productividad y competencia dentro de los mercados.

A Día de hoy, en la sociedad de la información y de Internet, estas relaciones han evolucionado vertiginosamente.   Podemos asegurar que la diferencia patrón obrero, ha pasado a mejor vida, para hablar de “equipo” de emprendedor y colaborador.

Tras esta introducción somera de la evolución en las relaciones laborales, entremos en nuestro problema estructural español.  Nos centramos en la historia reciente, desde que entró en vigor el estatuto de los trabajadores, allá por los años 70 del pasado siglo XX.

Dicho estatuto regulaba las relaciones laborales basadas en el mercado de aquella época en España, cuando aún la mentalidad empresarial se encontraba más anclada en el XIX, que en los avances habidos en centro Europa y Estados Unidos.

Ciertamente, para aquellos momentos esta regulación supuso un gran avance y una tranquilidad para el mercado y la sociedad.  No obstante, no dejaba de ser un intervencionismo del Estado y los mal llamados “Agentes Sociales”, en las relaciones privadas entre particulares.

A fin de facilitar una transición suave desde el Franquismo autoritario, a una democracia incipiente, desde el Estado se ayudó con subvenciones a partidos políticos, organizaciones sindicales y patronales, a fin comenzar la andadura en la recién estrenada democracia.

Y seguimos anclados en el año 1978, sin que para el Estado haya transcurrido el tiempo y por lo tanto la necesidad de adecuar las estructuras a las necesidades actuales de una sociedad moderna y madura.  Más bien, me inclino a pensar, que para estas organizaciones, antes citadas, es más cómodo vivir en la subvención, que luchar y trabajar por la  libertad.

Así pues, para mi la reforma laboral actual, no solamente es corta, es injusta y trata, tanto a empresarios, como a trabadores, como menores de edad e incapaces de llegar a acuerdos que beneficien a ambas partes;  emprendedora y colaboradora.  Como consecuencia de ello tenemos un mercado cautivo por organizaciones ajenas a la realidad y que no representan a ésta.

El Estado debe estar para velar por los intereses de todos y en definitiva por los de la Nación y estos no son solamente el trabajo, es la productividad del país, la competencia libre y honesta, la igualdad de oportunidades y no entrar en el detalle de unas relaciones entre agentes privados.

Desde mi opinión, debería existir un sueldo mínimo digno, que permita vivir a cualquiera y a partir de ahí, lo demás ha de gestionarlo el empresario en función del valor que tenga el colaborador en su proyecto empresarial.  Es decir, liberar el mercado al 100 %.  Esto nos haría competitivos, tendríamos la capacidad de cambiar de empresa, se establecería la competencia, el incentivo para mejorar tanto a nivel personal, como empresarial.  Te vincularías a un proyecto y no como ocurre ahora que tanto da, que da lo mismo dado que no te ves partícipe, ni vinculado a nada, te sientes una pieza prescindible por cualquier otra.

Siempre que se mantengan las subvenciones a organizaciones, particulares, sectores industriales, etc, se mata la iniciativa, se pierde el incentivo personal y se tiende a vivir cómodamente de ésta, es más, es negativo para el desarrollo como persona o entidad, es un caramelo envenenado.

La actual desafección a estas organizaciones ancladas aún en el siglo XIX y comienzos del XX, no hacen más que lastrar la iniciativa privada, la competitividad en la implicación en proyectos empresariales ilusionantes.

No podemos seguir así y por mucho que se quiera mejorar e incentivar el trabajo, el despido, la contratación de menores o parados de larga duración, son aspirinas contra  cáncer que se metastatiza por todo el cuerpo social.

Estamos en el siglo XXI, en otra era nueva donde se ya se superó la esclavitud y el abuso, la necesidad de ayudar a desarrollar una nueva democracia, señores, eso pasó, ahora toca la iniciativa, la creatividad, la libertad, la persona.

No al subvencionismo corrupto y malsano.  Si, a la libertad, si a considerar a las personas capaces de labrar su propio futuro sin que otros tengan que ampararnos, ni decidir por nosotros.

Lo gracioso es que de esto no he oído hablar a nadie.

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Publicado el 12 febrero, 2012 en Pensamiento, Social, Trabajo. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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