Invito yo, que pagas tú

gorrones

Todos hemos tenido alguna experiencia en nuestras vidas con esos que nos rodean en la universidad, el trabajo o círculo de amigos y conocidos. Los que viven como gorrones.  Con miles de excusas baratas, saben salir de las situaciones comprometidas que les impliquen.

Vivimos en el estado del gorroneo. En él, nos vemos obligados a pagar las ocurrencias de otros, nos gusten o no, y sean cuales quiera que sean.

Yo no pertenezco a ningún sindicato, pero me veo obligado a pagarlos, tampoco milito en ningún partido político, e igualmente los mantengo.  Podemos decir lo mismo de infinidad de organizaciones no gubernamentales con fines de los más originales, que no me van, ni me vienen, pero los pago igualmente.

¿A cuento de qué unos se gastan mi dinero en aquello que yo jamás me lo gastaría?, ¿qué derechos tienen para tomar esas decisiones por mí?.  ¿Dónde queda, pues, mi libertad de elección?

Es curioso que cada cuatro años, me dan la oportunidad de cambiar de gorrones, la cosa es que no se note mucho, pero en definitiva, los nuevos, siguen gastando mi dinero en aquello que creen y dicen, ser lo mejor para mí.  -Pobrecito yo que no se decidir por mí mismo.-

Estos días vengo soportando las distintas furgonetas, pagadas con mi dinero, con megáfonos a todo volumen, anunciando consignas de lo más originales.  Que si fulanito me va a solucionar los problemas, que menganita me va a conseguir trabajo, que zutanito es la mejor opción para mi futuro, etc.  Y estoy pagando el que no me dejen un minuto de silencio.  Vamos, esto es puro masoquismo.

Ya en asuntos mayores, he de soportar que en breve tenga, igualmente, que pagar a una banda de asesinos que quiere desmembrar mi país, dar tiros en la nuca y acumular armas y explosivos, por si acaso no entro en sus dictámenes soberanistas. Y todo ello lo han hecho los “dirigentes” que pago con mi dinero, con mi trabajo, con mis ahorros, con mis desvelos.

Soportar a un gorrón se puede hacer una vez, cuando te pilla algo distraido y lo desconoces, pero la situación actual, es de puro síndrome de Estocolmo, o de otro muy de moda ahora, el de la mujer maltratada, que aún soportando el maltrato, aguanta a la espera de que el maltratador cambie por arte del “amor” que le tiene.

Ciertamente este aguante perpetuo del estado del gorroneo, es para estudiarlo psicológicamente.  En privado, muchos lo admiten, pero cuando se habla de siglas, es rechazado frontalmente, defendiendo éstas como si en ello les fuera la vida.

¿No existe un teléfono gratuito al que llamar ante este maltrato?

Amigos, yo estoy muy cansado de que me metan la mano en mi bolsillo y se inviten ellos con mi dinero.

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Publicado el 9 mayo, 2011 en Pensamiento, Social. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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