Mi querida amiga

Aunque personalmente no nos hemos visto, ambos nos conocemos bien.  Ambos sabemos que nos veremos un inesperado día, al menos para mí y quiero hacerte saber que estaré preparado, que no dejaré mis obligaciones a medias o terminadas de cualquier manera.  De eso nada querida.

 

Ese día, en nuestra ineludible cita, no tendré que lamentar el no haber aprovechado todo lo que de bueno se me ha dado.  Familia, amigos, compañeros, clima, paisajes, viento, sol, mar, montaña, nieve, libros, música, conocimiento, fe, curiosidad, etc.…

 

He vivido y vivo sabiéndote cercana, otras veces amenazante, las más casi olvidado de ti, perdona por esos lapsos que me han separado de tu real amistad, a la que tanto debo y de la que tanto llevo aprendido.  Curioso, ¿verdad?.

 

Me llama la atención tu permanente presencia, tu diaria realidad, tus citas imprevistas y las reacciones que produces en aquellos que me rodean.  Las más de las veces de tristeza, cuando debería ser muy al contrario, de relajante  serenidad y de descanso, al fin.

 

Y es tristeza porque te han olvidado, no han querido conocerte bien y por ello cuando vienes, sorpresivamente, produces desconcierto, temor y sobre todo, el conocimiento del tiempo perdido, de lo no realizado, de lo que pudiste hacer y ni hiciste.  Es entonces cuando ya no podemos realizar aquello que por pereza, por tontos rencores, por timidez, por vanos orgullos y ligeros pensamientos, fuimos capaces de dejar pasar.  Y es entonces cuando, ya sin remedio, “sabes” en toda su dimensión, que todo aquello que te alejó de tu amistad, nos alejó de hacer  lo que verdaderamente merecía la pena.

 

Hace años ya que ni imaginas cuanto disfruto de cada bocanada de aire que llena mis pulmones, que aprecio que mis pies son capaces de llevarme de un lado a otro, que perdí la timidez de expresar a mis seres queridos lo mucho que los quiero, que no me guardo un halago expresado de corazón, que escribo lo que quiero y como mejor sé y que me entrego con todo mi ser a cuanto creo que debo.

 

Igualmente tengo presente los muchos errores cometidos, claro que si, pero eso sí,  no sirvieron para aplastarme, nada de eso, me he sabido perdonar y levantarme aún con más ahínco, con más esperanza y por supuesto con más prudencia.

 

He llegado a valorar hasta la santidad la labor que en su día tuvieron mis padres, su abnegación, su entrega, su respeto hacia mí y mis hermanos.  He calibrado la larga dimensión de su significado, la prolongación hasta el más allá, lo casi inalcanzable de la trascendencia de la palabra PADRE.

 

Gracias a ti, mi querida amiga, vivo en paz, plenamente, largamente, disfrutando cuanto se me presenta a cada instante y eso es un regalo de una verdadera amiga, un regalo sin precio material, un regalo que bien vale una vida.

 

Nos veremos, seguro y será una grata sorpresa.

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Publicado el 5 marzo, 2011 en Pensamiento y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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